En una de las zonas del país donde mejor se da la agricultura, al sur del Lago de Maracaibo, en Mérida, la Comuna Che Guevara produce entre 4 a 5 toneladas de chocolate al mes.
El periodista francés especialista sobre América Latina y el Caribe, Maurice Lemoine, documentó en un reportaje a la Comuna Che Guevara, en Tucani, capital del municipio Caracciolo Parra Olmedo del estado Mérida, cuyo potencial económico gira alrededor de su chocolate Tukawa, elaborado con una de las mejores variedades de cacao de Venezuela y el mundo: el Sur del Lago.
En Puro Chocolate te mostramos su mirada de esta comuna que visitó con la curiosidad de conocer cómo funcionan estos sistemas locales de gobiernos.
A lo lejos, los imponentes Andes del estado de Mérida.
Una zona rural, a 770 kilómetros de Caracas.
Tucani: un pueblo polvoriento y poco llamativo en un principio, con un baile infernal de motos. La Comuna Che Guevara está a varias decenas de kilómetros y mucho más arriba, a 900 metros de altitud, al final de una estrecha carretera de cemento feo y agrietado, una especie de tobogán infernal y retorcido, con una pendiente a veces tan pronunciada que, a excepción del conductor, hay que bajarse del viejo microbús de la comunidad y seguir a pie el vehículo que gime.
Por suerte para ellos, la mayoría de los comuneros viajan en moto. Como quien dice, full cholaaa (si Usted es pasajero, apriete el trasero y agárrese bien del respaldo del asiento).

Los alrededores de la comuna: a la derecha, la caña de azúcar; a la izquierda, el cacao; por todas partes, el café. Los perros, grandes y pequeños, aúllan al menor paso. La lluvia se alterna con el sol. Nubes de mosquitos en la oscuridad. Dominándolo todo, la montaña El Mirador (1100 metros en la cima).
El corazón de la comuna: un edificio principal; tres dormitorios con doce literas un poco más allá; un pequeño «trapiche» para extraer el jugo de la caña de azúcar; un invernadero para reproducir semillas, construido por el gobierno en cooperación con técnicos cubanos; un taller para tostar café. A derecha e izquierda, como era de esperar, motos y perros.
Ambiente muy relajado en la gran cocina- comedor. Un poco como un albergue juvenil. Dos jóvenes campesinas, muy concentradas, se arreglan mutuamente las uñas, muy largas, muy coloridas en rojo o verde, muy refinadas. La gente no vive aquí permanentemente, sino que pasa unas horas o, para algunos, unos días para reunirse y charlar. Tantas mujeres como hombres. Jóvenes, como se ha sugerido. El feminismo comunal les invita a compartir a partes iguales (y tres veces al día) la preparación de las comidas, la fregada de platos (cuando hay más platos sucios en el fregadero que limpios en las estanterías) y (siempre que sea necesario) las tareas domésticas.
Arroz, caraotas negras o espaguetis y mucha carne: ¡No nos morimos de hambre! Discusiones alegres, especialmente animadas. Risas burlonas cuando María Corina Machado, la «lideresa máxima» de la ultraderecha, hace alguna que otra declaración escandalosa. Algunos insultos sinceros dirigidos a los «pitiyankis» (8). Y Joe Biden, ese «hijo de» qué se yo. Unas cuantas canciones revolucionarias o de farándula acompañadas de una guitarra cuando llega la hora de descansar.

No hay televisión. Por otro lado, gracias a la Wi-Fi, los teléfonos móviles no dejan de emitir WhatsApp, TikTok, X y otros grifos de estupideces, salpicados de carcajadas. Se puede ser revolucionario y seguir fascinado por la tecnología moderna y sus contenidos más o menos dañinos. Un desafío gigante de cara al futuro, en torno a la hegemonía cultural tan querida por Gramsci. Al mismo tiempo, matiza Simone Magalhaës, coordinadora de la Brigada internacionalista del Movimiento de los Sin Tierra de Brasil (MST), que coopera aportando sus conocimientos y habilidades a los comunero(a)s, «estos jóvenes comuneros son diferentes; tienen una conexión muy fuerte con la generación chavista de sus padres y abuelos; quiérase o no, están vinculados a esta herencia ideológica».
Además, utilizan WhatsApp para recibir e intercambiar noticias sobre política nacional e instrucciones para la lucha, organizar el trabajo y convocar reuniones.
Este remoto campo venezolano había sido completamente abandonado. Soñando con trabajar en un restaurante o en un hotel, o incluso con una carrera universitaria, sus habitantes se precipitaron a la ciudad, atraídos por el sueño urbano. Volvían de vacaciones para descansar, pero no tenían ni idea de las posibilidades de desarrollo de la zona.
El comandan Hugo Chávez empezó a propagar la idea de los consejos comunales. El tema resonó entre los pobladores que aún estaban presentes, algunos de los cuales campesinos de más de sesenta años que llevaban mucho tiempo luchando por un proyecto de soberanía alimentaria.
Los dos primeros consejos comunales, Río Benito Alto y Mata de café, se crearon en la parte alta de la comunidad. Otros siete grupos de residentes siguieron su ejemplo posteriormente. La comuna vio la luz el 5 de mayo de 2013, cuando varios líderes sociales, muchos de origen colombiano, dieron un paso adelante y se lanzaron: «Un proyecto de desarrollo sin intermediarios, sin interferencias políticas, para nosotros los campesinos, eso fue gratificante.» Como aquí la gente no esconde sus convicciones políticas en el bolsillo, la Comuna Socialista recibió el nombre de Che Guevara.
Como hemos visto, la región produce café y cacao. Londón Bolaño, responsable de la procesadora de cacao y café de la Empresa de Propiedad Social Directa Comunal (EPSDC) cuenta que, dada la existencia de estos recursos, incluso antes del surgimiento de la Comuna, había surgido el siguiente pensamiento: «Somos trabajadores, debemos ser capaces de crear puestos de trabajo».
Así comenzó la lucha por crear una planta de tostado. El alcalde se opuso a la compra de un terreno. «Empezamos a reunirnos en la escuelita. Hicimos lo que exigía la ley y… lo conseguimos. Era muy bonito. Con el respaldo técnico y financiero del Ministerio de Ciencia y Tecnología, su sueño se hizo realidad en 2012 en forma de Empresa de Producción Social (EPS) (9), «Las Colinas del Mirador».
En medio del penetrante olor a café molido por las aspas de un molino, Luis Miguel Guerrero, gerente administrativo de la entidad local, explica la naturaleza de la organización: «Cuando una cooperativa es una forma de organización privada dirigida por un consejo de administración, que toma las decisiones más importantes, el consejo de la EPS está formado por la asamblea general de la comuna, con dos representantes por cada consejo comunal; se trata de una forma de participación más protagónica, más amplia y más social».
«¡Si sigues así de achantado, no consigues nada!». El canto de los pájaros, el susurro de las hojas, el sol abrasador. El rugido de una motosierra cortando ramas y troncos indeseados. Una veintena de trabajadores. Hace dos meses que comenzaron el mantenimiento de las parcelas de cacao.

Cortan, recortan, podan. Organizados en brigadas, dedican uno o dos días a cada parcela. Un turno para un productor, el siguiente para otro, y así sucesivamente. De vez en cuando, hacen una pausa para tomar algo y mirar la pantalla del móvil, cuando hay señal.
Quince días de trabajo, una semana de descanso. Todos reciben una paga y una pequeña bolsa de comida a la hora de comer. El técnico que les acompaña sostiene una pequeña rama entre los dedos, la examina, la disecciona y la muestra a los compañeros. «En algunas parcelas hay enfermedades», dice Miguel Parra con una mueca, “la ”monilla’ u otras asquerosidades…».
El gobierno les paga para que limpien las fincas y, si es necesario, para que traten las enfermedades.
«Sí, señor, aquí trabajan catorce personas, ¡Es una experiencia que te cambia la vida!». Londón Bolaño compra cacao a un gran número de productores. Primero hubo que convencerlos. «No sabíamos cómo iba a funcionar. Hay algunos productores de la oposición que se resisten a vernos como empresa y a trabajar con nosotros». Compitiendo con varias empresas capitalistas, la EPSDC selecciona y busca la calidad. No vende los granos de cacao, sino que los procesa y comercializa.
Con mascarillas higiénicas en la nariz, los trabajadores de turno se reparten las distintas tareas de producción. En el laboratorio, inmaculadamente limpio, una joven compañera maneja con una paleta y movimientos precisos el chocolate líquido, sobre el que parpadea la luz de la lámpara del techo. Una técnica extremadamente rigurosa, al parecer.
«La gente que se dedica a esto lo ha aprendido de sus familiares y mayores, es innato», comenta Bolaño. Otros aprenden gracias al Ministerio de Ciencia y Tecnología, que envía técnicos para formarlos.
La empresa produce catorce productos diferentes, entre los más populares: cacao en polvo, cacao de frutos secos, tabletas y chocolate con leche. En total, 4 o 5 toneladas al mes. Al igual que con el café, parte de los ingresos de la empresa se redistribuyen a la comuna, que ahora cuenta con 1.600 familias y 14 consejos comunales: «No estamos aquí para enriquecernos, sino para solucionar los problemas de la comunidad».


Una de las frases más escuchadas al observar este proceso colectivo de desarrollo endógeno es: «Empezamos sin saber, pero aprendimos en el camino».
Francisca Rendón se encarga de la parte administrativa de la EPSDC. «Nada de lo que ven aquí existía», empieza diciendo, “no había nada”. «Gracias a Dios, el Ministerio de Comunas y el Consejo Federal de Gobierno financiaron la construcción del edificio y las instalaciones, lo que nos permitió arrancar». De eso hace ya ocho años.

Integrante de uno de los consejos comunales, Francisca no era en absoluto una lideresa. Profesora y madre de seis hijos, los mayores de ellos cursando estudios superiores, ayudaba de vez en cuando, pero no tenía tiempo para más.
Sin embargo, debido a su ocupación, la gente la llamaba profesora. Tras veintisiete años de leal servicio, se jubiló. En plena creación de la empresa, los compañeros la llamaban a menudo: «Profesora, por favor, necesitamos que alguien nos ayude a redactar un informe, es para la gestión…».
«Un día, fui a observar la elección de la Junta Ejecutiva, ¡y simplemente caí en la dinámica! Como voluntaria, fue nombrada automáticamente responsable administrativa del EPSDC.
Como buena revolucionaria, no se echo para atrás. Volviendo la vista hacia el pasado, dice: «Me gusta cuando se trata de escribir, pero no me gusta la tecnología…». Suspira: «Tenemos algunos muchachos muy jóvenes que han asumido la parte de producción con gran responsabilidad. Pero en lo que respecta a la administración, nuestros colegas no reciben ninguna formación».
Comenta que tiene 66 años. Añade que en la comuna, sobre todo en la parte alta, a causa de la crisis, «ha emigrado mucha gente; muchos profesionales, y esto es preocupante».
«Nada es fácil en las plantaciones de cacao, pero lo cierto es que con el centenar de agricultores que se dedican a la producción, la vida es mucho mejor que antes», nos dice Miguel Parra.
Comercializa parte de su cacao y productos derivados en Mérida y a través de un programa de intercambio con otras comunas, la EPSDC Che Guevara vende el 70% de su producción – 2,5 toneladas de chocolate en polvo al mes – al Ministerio de Comunas, que apoya la distribución a través de sus compras.
